
Miguel había tenido una infancia bastante difícil y aunque había trabajado desde los diez años, lo poco que ganaba era para subsistir él y su madre. Tenía padre pero como si no lo tuviera, éste abandonó a su mujer y a su hijo muy pequeño a su suerte, para marchar con una fulana.
Su madre había heredado la mitad de una casa. Miguel, ya no era niño, tenía por aquel entonces unos veinte años, tenía novia, así que decidió pedir un préstamo, quedarse con la vivienda y casarse poco tiempo después. El matrimonio trabajo muchísimo para poder hacer frente a la hipoteca, pero lo consiguieron, años después ya no tenían deudas. Miguel abandonó en esos momentos su puesto en la empresa donde trabajaba y se dedicó a la agricultura que era su pasión.
El deseo de Miguel era poder cultivar en tierras propias. Un buen día, hace unas cuatro décadas, en el mes de julio, le salió una buena ocasión para cumplir su sueño y con gran esfuerzo pero muy ilusionado, compró un terreno con derecho a agua en La Ribera Alta de Valencia. La tierra de secano estaba ocupada por almendros, olivos y algarrobos. De las dieciséis fanegadas que adquirió, trabajo cuatro de ellas, aplanó el terreno, lo limpio de piedras, removió la tierra con el arado; transformó parte del ambiente algo montañoso en una pequeña llanura apta para que sus siembras crecieran sin dificultad. Muy cerca pasaba un río, el cual se divisaba desde la parte más alta del terreno y el pueblecito quedaba a kilómetro y medio. El hombre estaba contento y feliz con la compra.
A lo seis meses de la compra en el mes de enero, lo primero que plantó fue una estaca de higuera, el higo era el “fruto” preferido de su suegra y su mujer. Más tarde plantó árboles frutales, debido a que la plantación era para consumición propia, prefirió poner diferentes variedades de árboles, también cultivaba; tomates, judías, calabazas, pimientos... No había ningún problema en el cultivo, se disponía de agua suficiente para el riego.
Todos los domingos iba la familia al campo. Miguel tenía un niño pequeño, el cual se lo pasaba en grande, padre e hijo sembraban, quitaban las malas hierbas, etc. Cuando se cansaba el infante, le daba la mano a su abuelo y recorrían el camino sinuoso hasta llegar al río y chapoteaba en verano. Entretanto su mujer y su suegra preparaban la comida que normalmente era una paella hecha a leña.
Pasó el tiempo y todos los árboles tuvieron producción, excepto la higuera. La famosa higuera plantada con más ilusión no había forma de que produjera. Plantó alguna más, “observando el fracaso de la primogénita” las cuales sí dieron higos. La suegra le decía que la arrancará, que seguramente sería una higuera macho, pero él terco como una mula ahí dejo el árbol, le seguía clareando las ramas en tiempo de poda y dándole los cuidados necesarios que eran pocos, pero jamás le hizo ningún injerto. Así pasaron cerca de dos décadas y la higuera seguía sin ser fértil.
No se sabe si fue casualidad, obra del destino, obra de un milagro o quizá haya una explicación para ello ─siempre será una incógnita─. Pero el caso es que la suegra de Miguel falleció en octubre de 1987 y en agosto de 1988 la famosa higuera fue madre por primera vez, estaba repleta de higos. A partir de ese agosto ha sido la higuera que mas higos ha dado y los mas dulces.
Su madre había heredado la mitad de una casa. Miguel, ya no era niño, tenía por aquel entonces unos veinte años, tenía novia, así que decidió pedir un préstamo, quedarse con la vivienda y casarse poco tiempo después. El matrimonio trabajo muchísimo para poder hacer frente a la hipoteca, pero lo consiguieron, años después ya no tenían deudas. Miguel abandonó en esos momentos su puesto en la empresa donde trabajaba y se dedicó a la agricultura que era su pasión.
El deseo de Miguel era poder cultivar en tierras propias. Un buen día, hace unas cuatro décadas, en el mes de julio, le salió una buena ocasión para cumplir su sueño y con gran esfuerzo pero muy ilusionado, compró un terreno con derecho a agua en La Ribera Alta de Valencia. La tierra de secano estaba ocupada por almendros, olivos y algarrobos. De las dieciséis fanegadas que adquirió, trabajo cuatro de ellas, aplanó el terreno, lo limpio de piedras, removió la tierra con el arado; transformó parte del ambiente algo montañoso en una pequeña llanura apta para que sus siembras crecieran sin dificultad. Muy cerca pasaba un río, el cual se divisaba desde la parte más alta del terreno y el pueblecito quedaba a kilómetro y medio. El hombre estaba contento y feliz con la compra.
A lo seis meses de la compra en el mes de enero, lo primero que plantó fue una estaca de higuera, el higo era el “fruto” preferido de su suegra y su mujer. Más tarde plantó árboles frutales, debido a que la plantación era para consumición propia, prefirió poner diferentes variedades de árboles, también cultivaba; tomates, judías, calabazas, pimientos... No había ningún problema en el cultivo, se disponía de agua suficiente para el riego.
Todos los domingos iba la familia al campo. Miguel tenía un niño pequeño, el cual se lo pasaba en grande, padre e hijo sembraban, quitaban las malas hierbas, etc. Cuando se cansaba el infante, le daba la mano a su abuelo y recorrían el camino sinuoso hasta llegar al río y chapoteaba en verano. Entretanto su mujer y su suegra preparaban la comida que normalmente era una paella hecha a leña.
Pasó el tiempo y todos los árboles tuvieron producción, excepto la higuera. La famosa higuera plantada con más ilusión no había forma de que produjera. Plantó alguna más, “observando el fracaso de la primogénita” las cuales sí dieron higos. La suegra le decía que la arrancará, que seguramente sería una higuera macho, pero él terco como una mula ahí dejo el árbol, le seguía clareando las ramas en tiempo de poda y dándole los cuidados necesarios que eran pocos, pero jamás le hizo ningún injerto. Así pasaron cerca de dos décadas y la higuera seguía sin ser fértil.
No se sabe si fue casualidad, obra del destino, obra de un milagro o quizá haya una explicación para ello ─siempre será una incógnita─. Pero el caso es que la suegra de Miguel falleció en octubre de 1987 y en agosto de 1988 la famosa higuera fue madre por primera vez, estaba repleta de higos. A partir de ese agosto ha sido la higuera que mas higos ha dado y los mas dulces.