martes, 25 de mayo de 2010

Para Ti


Lo sientes cerca…
estando lejos
Lo sientes tuyo…
aún sin serlo.

Te precipitaste…
sin tu quererlo.
El amor te llegó…
en mal momento.

Ahora lloras…
el desencuentro.
Tranquila amiga…
que avance el tiempo.

Tu corazón roto…
algún buen día
se recompondrá…
volverá a estar entero.

Querida amiga con toda mi alma es lo que yo te deseo.

Te quiero un abrazo.

viernes, 21 de mayo de 2010

Sin comerlo ni beberlo 3

Terminada su jornada laboral Antonio se dirigió al garaje, se subió al automóvil y marchó dirección a su casa. Sus pensamientos eran un auténtico torbellino, no podía dejar de pensar en Lucia. En su cuerpo que parecía dibujado de tan perfecto, sus andares felinos, en esos ojos azules que le habían cautivado por primera vez. Conectó la radio para distraerse, intentó canturrear las canciones que ponían en la cadena, pero por más que lo intentaba pasados unos segundos Lucia volvía a su mente revoloteando. No comprendía que al cabo de cinco años se hubiera presentado en su oficina de improvisto para pedile disculpas y se le insinuara de esa forma. Se preguntaba como habría averiguado la dirección. De pronto le sonó el móvil, era Estefanía.

─Dime cariño ─Contestó Antonio.

─Llegaré más tarde a casa, se me ha complicado un poco el trabajo, un besito, en un ratito nos vemos. ─Dijo Estefania.

─Está bien. ¿Quieres que pase a recogerte?

─No, no te preocupes, seguramente me acercará Adolfo. Intentaré llegar lo antes posible.

─Vale Estefanía, un beso.

Antonio ese día tuvo suerte, encontró aparcamiento a la primera. Subió a casa, abrió la puerta y fue directo a la habitación. Se quitó la americana y la puso a airear, cogió unos boxer de la mesilla de noche y fue al baño a darse una ducha. Se descalzó, se quitó los calcetines y los pantalones, al desprenderse de la camisa, percibió de nuevo el aroma sensual de Lucía, se sentó en la bañera, cerró los ojos y empezó a olfatear la prenda profundamente, recordando por enésima vez como coqueteando se había desprendido de la gabardina de forma seductora, y le había exhibido su cuerpo, tan solo cubierto por un pequeño picardías negro. Quería quitarse esos pensamientos de la cabeza, se enfadó con él mismo, se dijo que era un imbécil, que tenía una mujer maravillosa, que Lucia le había amargado la vida anteriormente y de nuevo pretendía tejer una telaraña para que cayera en sus redes. Se preguntó si estaría perdiendo el juicio, se argumentó mil razones para dejar de sentirla tan cerca. Pero lo que realmente le ahogaba y evitaba cavilar era que en el fondo sabía que Lucia hubiera podido hacer con él lo que hubiera deseado. Así como decidió marcharse, hubiera decidido seguir seduciéndolo, hubiera caído rendido a ella como una marioneta que se deja manejar. Rabioso tiró la camisa al cubo de la ropa sucia y se metió en la ducha. Dejo correr el agua fría, sobre ser otoño ni siquiera la reguló para que saliese tibia, estuvo un buen rato bajo el chorro de agua intentando mantener la mente en blanco, un poco más despejado se puso el albornoz y salió del baño. Entraba Estefanía por la puerta en ese momento. Se dieron un beso como era de costumbre y se repanchingaron en el sofá.

─¿Qué tal el día Antonio?

─Bien, muy bien, bastante trabajo. Has llegado bastante pronto, pensé que tardarías más… ─Le dijo a su mujer.

─Sí, hubo un pequeño problema en el ordenador, pero Adolfo que es un manitas lo solucionó rápido y pudimos terminar el trabajo. Ya te lo contará mañana en Altea, él que entiende más.

─Bien. Estoy cansado, voy a acostarme, no me encuentro bien.

─Pero no hemos cenado, ¿no vas a comer nada?

─No cariño, no tengo apetito.

─¿Te caliento un vaso de leche?

─No gracias, voy a acostarme.

─¿Pero que te ocurre, te duele algo… te ha pasado algo en el trabajo? ─Le susurró preocupada.

─Me duele un poco la cabeza, eso es todo. ─Contestó evitando mirarla.

─Vale cielo que descanses, si necesitas cualquier cosa me llamas.

─Bien. ─Le dio un abrazo a Estefanía y se fue a la cama.

No le dolía la cabeza pero necesitaba estar solo. Después de mucho recapacitar, llegó a la conclusión que lo sucedido en la oficina con Lucia era una anécdota más en su vida, que le había pillado por sorpresa y que no le daría más vueltas al asunto, al fin y al cabo estaba seguro que cualquier otro hombre se habría lanzado, sin poder resistir la tentación de amarla.

Al día siguiente era sábado. Antonio y Estefanía pasaron a recoger a Adolfo el compañero de trabajo de Estefanía y a su mujer Alicia, ya que días antes habían organizado pasar un fin de semana en Altea. Sobre las diez de la mañana llegaron al pueblo. Un pueblecito encantador situado sobre una colina. Pasearon por el casco antiguo, otearon sus casitas blancas mientras caminaban por las calles estrechas y empedradas, poco a poco ascendieron hacia una plaza, desde donde pudieron divisar el mar. Lo pasaron estupendamente y a Antonio le vino de maravilla la salida, apenas se le pasó por la mente Lucia y cuando le venía a la cabeza, pensaba que vaya neura había pillado el día anterior, cuando total no había sucedido nada de lo que tuviera que avergonzarse.

El lunes por la mañana, se levantó contento y feliz. Mientras se acercaba al trabajo pensaba en lo bien que lo habían pasado el fin de semana. Empezó a reírse cuando pensó en como había terminado la noche del sábado. Se pusieron bastante contentos en la cena y de vuelta al hotel Estefanía le tenía preparada una buena sorpresa lo que le hizo recordar lo mucho que quería a su mujer. Llegó a la oficina, descargó el maletín y encendió el ordenador, se puso a leer los correos, empezó abriendo el primero y cuando llegó al quinto le dio un vuelco el corazón ponía lo siguiente;

Hola, Antonio:

La siguiente persona te ha mandado una solicitud de amistad en Facebook.



Lucia



No me hagas esto… por favor. ─Pensó Antonio mientras se llevaba las manos a la cabeza.

lunes, 17 de mayo de 2010

Una Consulta; Dos reacciones

Un señor se acerca a un bufete de abogados. Pregunta a la secretaria si lo pueden atender. Ésta le dice que sí, pero que tendrá que esperar al ir sin cita previa.

Al cabo de una par de horas de espera por fin lo llaman y le formula la consulta al letrado. No voy a relatar la consulta y el asesoramiento por parte del abogado, sería demasiado largo, aburrido y no viene al caso. Pero sí decirles que el señor quedó satisfecho y le agradeció al jurista la forma de atenderle y la tranquilidad que le había transmitido, ─ ahora ya sabía a lo que atenerse.

El cliente salió del despacho del abogado y accedió al despacho de la secretaria.

─¿Señorita que les debo?

─ 50 € señor.

─¡¡¡ 50 € me cobran por la pregunta!!!

─No señor, jamás cobramos las preguntas, lo que cobramos son las respuestas.

domingo, 16 de mayo de 2010

Sin comerlo ni beberlo 2


Lucia se presentó en la oficina de Antonio, había engordado un poco, ya no era la chica flacucha y deteriorada a causa de la droga. Vestía una gabardina abotonada por encima de la rodilla color beige claro, el cinturón lo llevaba bien ceñido a la cintura marcando la silueta, un minúsculo pañuelo moteado cubría su cuello, llevaba unas medias negras y unos zapatos de salón que aumentaban su altura considerablemente. Entró a la oficina suavemente con andares felinos, mientras miraba fijamente a su exvecino con una sonrisa radiante y provocadora.

─Hola Antonio. ─Se sentó frente a él

─Lucía… ¿Pero tú…aquí?

Antonio quedó confundido al verla. Recapituló en unos segundos todas las jugarretas que le había hecho, hacía de ello unos cinco años. Le vino a la mente cuando le pincho las ruedas del coche, como le gritaba mal follado, la carta amenazadora que le echo por debajo de su puerta… Brotaron todos los recuerdos ya casi olvidados. Recordó el atosigamiento y las perrerías continuas que había sufrido cada vez que su vecina Lucia le pedía dinero para droga y él no se lo daba. Había logrado desequilibrarlo hasta tal punto que tuvieron que marchar él y su pareja Estefanía del piso donde vivían para librarse de ella.

─Sí, yo aquí… ¿Pensabas que te librarías de mi? Antonio ─dijo manteniendo la sonrisa sugerente─ Ya no soy la misma, estoy recuperada, te recuerdo mucho y vine a pedirte disculpas por el acoso que sufriste por mi parte en su día. ─Entretanto iba desanudando el cinturón de la gabardina.

─Bueno…está bien, gracias. No hacía falta que te hubieras molestado, ya está todo olvidado, me alegra que estés recuperada. ─Susurró casi sin voz Antonio.

─No es molestia, al contrario, no puedes imaginar lo que me apetecía verte. Estás igual de atractivo que siempre. ¿Sabes? Siempre me gustaste.

─Gracias… ─Contestó, bajando la mirada.

─Antonio ¿cómo me encuentras?

─Bien, te encuentro bien.

─¿Sólo bien?

─Perdóname, estoy algo desconcertado y aturdido, me sorprende tu aparición.

─No tienes nada que temer, esta vez no. Vengo en son de paz.

─Antonio hace mucho calor en esta oficina, ¿verdad?

─Sí, un poco, pondré el aire acondicionado.

─No, no hace falta. ─Lucia empezó a desabrocharse la gabardina poco a poco, mientras Antonio la oteaba…la encontraba muy guapa, sus ojos azules que antes desprendían rabia, ahora le parecían dulces con una chispa de picardía. Se estaba poniendo nervioso y todavía se ponía más pensando que Lucia se lo notaría. Jamás se había sentido así ante su presencia, quería pedirle que se fuera, que se marchara, pero no entendía lo que le pasaba, estaba paralizado, sentía una especie de hipnotización que no le dejaba reaccionar como quería.

─Tengo que trabajar, discúlpame. ─Dijo por fin.

De repente Lucia se cruzó la gabardina y se levantó de la silla, dio dos pasos hacia la puerta, hizo el gesto de marcharse, pero de pronto se volvió hacía él, se le quedo mirando y se despojó de la gabardina poco a poco, quedando semidesnuda. Llevaba un pequeño picardías negro, sus pechos tersos y los pezones se dejaban entrever por las transparencias, incluso se le podía apreciar un lunar que tenía en su pequeña cintura, era tan cortita la prenda que apenas cubría las braguitas a juego, sus piernas bien torneadas, y las medias de liga completaban el conjunto. Antonio la contemplaba absorto sin mediar palabra. Empezaba a sudar, tenía terror de sus propios pensamientos. Él un hombre fiel veía peligrar su integridad. Quería decir algo, pero era incapaz de vocalizar una sola palabra.

─Antonio ¿qué piensas?

─No sé…

─¿Cómo que no sabes?

─No…

─Claro que sabes.

─Antonio ven…acercate..

Antonio no era capaz de moverse de la silla, se había cogido con fuerza al borde de la mesa, lo que demostraba su desasosiego, mientras ella lo observaba atentamente, recordando que incluso cuando lo acorralaba pidiéndole dinero para droga jamás él le había dicho una palabra fuera tono, le encantaba su timidez, su educación que contrastaba con la suya, provocadora, mal educada y caprichosa.

─¿Me tienes miedo Antonio? Está bien… ─Lucia se acercó rodeando la mesa que los separaba y se puso detrás de él, sus manos pequeñas le rodearon el cuello y empezó a acariciárselo con suavidad.

─Lucia por favor...

─Antonio… ¿No me rechazarás una vez más, verdad? Esta vez no te voy a pedir nada a cambio, no soy la misma de antes, ya te dije que estoy curada.

No podía verla al encontrarse detrás de él, pero percibía su aroma, una mezcla de ámbar con toques de madera y flor de naranjo, desprendía intriga y sensualidad por todos los poros de su piel y las caricias que le estaba propinando en el cuello le pusieron la piel de gallina, notaba como su corazón se aceleraba por momentos.

─Antonio volveré, ahora tengo que irme, es tarde.

Lucia cogió la gabardina, mientras lo observaba, se la puso lentamente regocijándose ante la mirada atenta de Antonio, le tendió las manos con la intención de que se levantará de la silla, él levitando accedió a su capricho, dueña de la situación se aproximó hasta que sus dos cuerpos pasaron a ser uno, más femenina que nunca le prendió la barbilla con una mano y le dio un suave beso en la boca.

─Pronto te haré otra visita.

─Por favor no vuelvas.

─Jajaja. Bueno ya veremos.




viernes, 14 de mayo de 2010

Carta de Dimisión



Valencia 13 de mayo del 2010

A la att. De Recursos Humanos:

Quiero agradecerles que me dieran un puesto de trabajo en su empresa y darles las gracias por las atenciones recibidas, sobre todo por parte de la coordinadora que valora mi trabajo y mi esfuerzo e incluso no duda en felicitarme por superar los objetivos de ventas.

Es cierto que accedí al puesto encantada. Este trabajo aparte de que me gusta me deja la oportunidad de atender a mi familia gracias a un buen horario. Siento profundamente tener que renunciar a el y más en los tiempos que corren.

Quizá se pregunte el porqué de mi dimisión cuando todavía no hace dos semanas que me he incorporado al trabajo. Intentaré explicárselo… El domingo despierto ilusionada y a medida que avanza el día y se acerca el lunes siento un gran vacío, un vacío que sin embargo me llena. Me llena de insatisfacción, me llena de inquietud y acaba con mis ilusiones. Ilusiones de superarme día a día. Me resulta difícil avanzar sintiéndome coaccionada. Siento que aunque pongo el máximo interés para progresar no me llevará a ninguna parte entretanto haya una persona arribista que juzgue mi trabajo y controle continuamente mis tareas, cuando en realidad no posee potestad alguna ni para delegar ni para dirigir mi trabajo, todo lo hace con el fin de cuanto más trabajo haga yo más se zafa ella de sus obligaciones. De momento es llevadero, pero… ¿que me espera cuando la encargada coja la baja por maternidad de aquí un par de meses? ¿Quién pondrá paz? Solo se que la tristeza me embarga y que prefiero renunciar antes de tener que soportar una “guerra fría”.

Aviso con quince días de antelación, para que me preparen el finiquito, pero no me importa esperar más tiempo hasta que encuentren a la persona adecuada para ocupar mi lugar.

Atte: Una persona que se siente subyugada.

Posdata; Esta carta nunca llegará a su destino, pero es una forma de desahogarme. No sé lo que aguantaré como siga este plan, seguramente muy poco. Prefiero comer pan y cebolla y no vivir inquieta. Siento en el alma las personas que dependen de un sueldo para poder sobrevivir y no pueden renunciar cuando son acosadas continuamente y tienen que acudir a la medicación para poder soportar la presión, yo gracias a Dios en estos momentos me lo puedo permitir, tal vez en otra ocasión no pueda y tenga que pasar por donde me digan. Lo peor de todo es que el mal rollo ocurra entre personal subordinado, al menos si tienes que estar avasallada que sea por un superior. Nadie somos imprescindibles esto se aprende con el tiempo, hoy quizá renuncie yo y quizá mañana cuando la conozcan bien, ya que apenas lleva dos meses la despidan a ella.

lunes, 10 de mayo de 2010

La Higuera


Miguel había tenido una infancia bastante difícil y aunque había trabajado desde los diez años, lo poco que ganaba era para subsistir él y su madre. Tenía padre pero como si no lo tuviera, éste abandonó a su mujer y a su hijo muy pequeño a su suerte, para marchar con una fulana.

Su madre había heredado la mitad de una casa. Miguel, ya no era niño, tenía por aquel entonces unos veinte años, tenía novia, así que decidió pedir un préstamo, quedarse con la vivienda y casarse poco tiempo después. El matrimonio trabajo muchísimo para poder hacer frente a la hipoteca, pero lo consiguieron, años después ya no tenían deudas. Miguel abandonó en esos momentos su puesto en la empresa donde trabajaba y se dedicó a la agricultura que era su pasión.

El deseo de Miguel era poder cultivar en tierras propias. Un buen día, hace unas cuatro décadas, en el mes de julio, le salió una buena ocasión para cumplir su sueño y con gran esfuerzo pero muy ilusionado, compró un terreno con derecho a agua en La Ribera Alta de Valencia. La tierra de secano estaba ocupada por almendros, olivos y algarrobos. De las dieciséis fanegadas que adquirió, trabajo cuatro de ellas, aplanó el terreno, lo limpio de piedras, removió la tierra con el arado; transformó parte del ambiente algo montañoso en una pequeña llanura apta para que sus siembras crecieran sin dificultad. Muy cerca pasaba un río, el cual se divisaba desde la parte más alta del terreno y el pueblecito quedaba a kilómetro y medio. El hombre estaba contento y feliz con la compra.

A lo seis meses de la compra en el mes de enero, lo primero que plantó fue una estaca de higuera, el higo era el “fruto” preferido de su suegra y su mujer. Más tarde plantó árboles frutales, debido a que la plantación era para consumición propia, prefirió poner diferentes variedades de árboles, también cultivaba; tomates, judías, calabazas, pimientos... No había ningún problema en el cultivo, se disponía de agua suficiente para el riego.

Todos los domingos iba la familia al campo. Miguel tenía un niño pequeño, el cual se lo pasaba en grande, padre e hijo sembraban, quitaban las malas hierbas, etc. Cuando se cansaba el infante, le daba la mano a su abuelo y recorrían el camino sinuoso hasta llegar al río y chapoteaba en verano. Entretanto su mujer y su suegra preparaban la comida que normalmente era una paella hecha a leña.

Pasó el tiempo y todos los árboles tuvieron producción, excepto la higuera. La famosa higuera plantada con más ilusión no había forma de que produjera. Plantó alguna más, “observando el fracaso de la primogénita” las cuales sí dieron higos. La suegra le decía que la arrancará, que seguramente sería una higuera macho, pero él terco como una mula ahí dejo el árbol, le seguía clareando las ramas en tiempo de poda y dándole los cuidados necesarios que eran pocos, pero jamás le hizo ningún injerto. Así pasaron cerca de dos décadas y la higuera seguía sin ser fértil.

No se sabe si fue casualidad, obra del destino, obra de un milagro o quizá haya una explicación para ello ─siempre será una incógnita─. Pero el caso es que la suegra de Miguel falleció en octubre de 1987 y en agosto de 1988 la famosa higuera fue madre por primera vez, estaba repleta de higos. A partir de ese agosto ha sido la higuera que mas higos ha dado y los mas dulces.