Terminada su jornada laboral Antonio se dirigió al garaje, se subió al automóvil y marchó dirección a su casa. Sus pensamientos eran un auténtico torbellino, no podía dejar de pensar en Lucia. En su cuerpo que parecía dibujado de tan perfecto, sus andares felinos, en esos ojos azules que le habían cautivado por primera vez. Conectó la radio para distraerse, intentó canturrear las canciones que ponían en la cadena, pero por más que lo intentaba pasados unos segundos Lucia volvía a su mente revoloteando. No comprendía que al cabo de cinco años se hubiera presentado en su oficina de improvisto para pedile disculpas y se le insinuara de esa forma. Se preguntaba como habría averiguado la dirección. De pronto le sonó el móvil, era Estefanía.
─Dime cariño ─Contestó Antonio.
─Llegaré más tarde a casa, se me ha complicado un poco el trabajo, un besito, en un ratito nos vemos. ─Dijo Estefania.
─Está bien. ¿Quieres que pase a recogerte?
─No, no te preocupes, seguramente me acercará Adolfo. Intentaré llegar lo antes posible.
─Vale Estefanía, un beso.
Antonio ese día tuvo suerte, encontró aparcamiento a la primera. Subió a casa, abrió la puerta y fue directo a la habitación. Se quitó la americana y la puso a airear, cogió unos boxer de la mesilla de noche y fue al baño a darse una ducha. Se descalzó, se quitó los calcetines y los pantalones, al desprenderse de la camisa, percibió de nuevo el aroma sensual de Lucía, se sentó en la bañera, cerró los ojos y empezó a olfatear la prenda profundamente, recordando por enésima vez como coqueteando se había desprendido de la gabardina de forma seductora, y le había exhibido su cuerpo, tan solo cubierto por un pequeño picardías negro. Quería quitarse esos pensamientos de la cabeza, se enfadó con él mismo, se dijo que era un imbécil, que tenía una mujer maravillosa, que Lucia le había amargado la vida anteriormente y de nuevo pretendía tejer una telaraña para que cayera en sus redes. Se preguntó si estaría perdiendo el juicio, se argumentó mil razones para dejar de sentirla tan cerca. Pero lo que realmente le ahogaba y evitaba cavilar era que en el fondo sabía que Lucia hubiera podido hacer con él lo que hubiera deseado. Así como decidió marcharse, hubiera decidido seguir seduciéndolo, hubiera caído rendido a ella como una marioneta que se deja manejar. Rabioso tiró la camisa al cubo de la ropa sucia y se metió en la ducha. Dejo correr el agua fría, sobre ser otoño ni siquiera la reguló para que saliese tibia, estuvo un buen rato bajo el chorro de agua intentando mantener la mente en blanco, un poco más despejado se puso el albornoz y salió del baño. Entraba Estefanía por la puerta en ese momento. Se dieron un beso como era de costumbre y se repanchingaron en el sofá.
─¿Qué tal el día Antonio?
─Bien, muy bien, bastante trabajo. Has llegado bastante pronto, pensé que tardarías más… ─Le dijo a su mujer.
─Sí, hubo un pequeño problema en el ordenador, pero Adolfo que es un manitas lo solucionó rápido y pudimos terminar el trabajo. Ya te lo contará mañana en Altea, él que entiende más.
─Bien. Estoy cansado, voy a acostarme, no me encuentro bien.
─Pero no hemos cenado, ¿no vas a comer nada?
─No cariño, no tengo apetito.
─¿Te caliento un vaso de leche?
─No gracias, voy a acostarme.
─¿Pero que te ocurre, te duele algo… te ha pasado algo en el trabajo? ─Le susurró preocupada.
─Me duele un poco la cabeza, eso es todo. ─Contestó evitando mirarla.
─Vale cielo que descanses, si necesitas cualquier cosa me llamas.
─Bien. ─Le dio un abrazo a Estefanía y se fue a la cama.
No le dolía la cabeza pero necesitaba estar solo. Después de mucho recapacitar, llegó a la conclusión que lo sucedido en la oficina con Lucia era una anécdota más en su vida, que le había pillado por sorpresa y que no le daría más vueltas al asunto, al fin y al cabo estaba seguro que cualquier otro hombre se habría lanzado, sin poder resistir la tentación de amarla.
Al día siguiente era sábado. Antonio y Estefanía pasaron a recoger a Adolfo el compañero de trabajo de Estefanía y a su mujer Alicia, ya que días antes habían organizado pasar un fin de semana en Altea. Sobre las diez de la mañana llegaron al pueblo. Un pueblecito encantador situado sobre una colina. Pasearon por el casco antiguo, otearon sus casitas blancas mientras caminaban por las calles estrechas y empedradas, poco a poco ascendieron hacia una plaza, desde donde pudieron divisar el mar. Lo pasaron estupendamente y a Antonio le vino de maravilla la salida, apenas se le pasó por la mente Lucia y cuando le venía a la cabeza, pensaba que vaya neura había pillado el día anterior, cuando total no había sucedido nada de lo que tuviera que avergonzarse.
El lunes por la mañana, se levantó contento y feliz. Mientras se acercaba al trabajo pensaba en lo bien que lo habían pasado el fin de semana. Empezó a reírse cuando pensó en como había terminado la noche del sábado. Se pusieron bastante contentos en la cena y de vuelta al hotel Estefanía le tenía preparada una buena sorpresa lo que le hizo recordar lo mucho que quería a su mujer. Llegó a la oficina, descargó el maletín y encendió el ordenador, se puso a leer los correos, empezó abriendo el primero y cuando llegó al quinto le dio un vuelco el corazón ponía lo siguiente;
Hola, Antonio:
La siguiente persona te ha mandado una solicitud de amistad en Facebook.
Lucia

─Dime cariño ─Contestó Antonio.
─Llegaré más tarde a casa, se me ha complicado un poco el trabajo, un besito, en un ratito nos vemos. ─Dijo Estefania.
─Está bien. ¿Quieres que pase a recogerte?
─No, no te preocupes, seguramente me acercará Adolfo. Intentaré llegar lo antes posible.
─Vale Estefanía, un beso.
Antonio ese día tuvo suerte, encontró aparcamiento a la primera. Subió a casa, abrió la puerta y fue directo a la habitación. Se quitó la americana y la puso a airear, cogió unos boxer de la mesilla de noche y fue al baño a darse una ducha. Se descalzó, se quitó los calcetines y los pantalones, al desprenderse de la camisa, percibió de nuevo el aroma sensual de Lucía, se sentó en la bañera, cerró los ojos y empezó a olfatear la prenda profundamente, recordando por enésima vez como coqueteando se había desprendido de la gabardina de forma seductora, y le había exhibido su cuerpo, tan solo cubierto por un pequeño picardías negro. Quería quitarse esos pensamientos de la cabeza, se enfadó con él mismo, se dijo que era un imbécil, que tenía una mujer maravillosa, que Lucia le había amargado la vida anteriormente y de nuevo pretendía tejer una telaraña para que cayera en sus redes. Se preguntó si estaría perdiendo el juicio, se argumentó mil razones para dejar de sentirla tan cerca. Pero lo que realmente le ahogaba y evitaba cavilar era que en el fondo sabía que Lucia hubiera podido hacer con él lo que hubiera deseado. Así como decidió marcharse, hubiera decidido seguir seduciéndolo, hubiera caído rendido a ella como una marioneta que se deja manejar. Rabioso tiró la camisa al cubo de la ropa sucia y se metió en la ducha. Dejo correr el agua fría, sobre ser otoño ni siquiera la reguló para que saliese tibia, estuvo un buen rato bajo el chorro de agua intentando mantener la mente en blanco, un poco más despejado se puso el albornoz y salió del baño. Entraba Estefanía por la puerta en ese momento. Se dieron un beso como era de costumbre y se repanchingaron en el sofá.
─¿Qué tal el día Antonio?
─Bien, muy bien, bastante trabajo. Has llegado bastante pronto, pensé que tardarías más… ─Le dijo a su mujer.
─Sí, hubo un pequeño problema en el ordenador, pero Adolfo que es un manitas lo solucionó rápido y pudimos terminar el trabajo. Ya te lo contará mañana en Altea, él que entiende más.
─Bien. Estoy cansado, voy a acostarme, no me encuentro bien.
─Pero no hemos cenado, ¿no vas a comer nada?
─No cariño, no tengo apetito.
─¿Te caliento un vaso de leche?
─No gracias, voy a acostarme.
─¿Pero que te ocurre, te duele algo… te ha pasado algo en el trabajo? ─Le susurró preocupada.
─Me duele un poco la cabeza, eso es todo. ─Contestó evitando mirarla.
─Vale cielo que descanses, si necesitas cualquier cosa me llamas.
─Bien. ─Le dio un abrazo a Estefanía y se fue a la cama.
No le dolía la cabeza pero necesitaba estar solo. Después de mucho recapacitar, llegó a la conclusión que lo sucedido en la oficina con Lucia era una anécdota más en su vida, que le había pillado por sorpresa y que no le daría más vueltas al asunto, al fin y al cabo estaba seguro que cualquier otro hombre se habría lanzado, sin poder resistir la tentación de amarla.
Al día siguiente era sábado. Antonio y Estefanía pasaron a recoger a Adolfo el compañero de trabajo de Estefanía y a su mujer Alicia, ya que días antes habían organizado pasar un fin de semana en Altea. Sobre las diez de la mañana llegaron al pueblo. Un pueblecito encantador situado sobre una colina. Pasearon por el casco antiguo, otearon sus casitas blancas mientras caminaban por las calles estrechas y empedradas, poco a poco ascendieron hacia una plaza, desde donde pudieron divisar el mar. Lo pasaron estupendamente y a Antonio le vino de maravilla la salida, apenas se le pasó por la mente Lucia y cuando le venía a la cabeza, pensaba que vaya neura había pillado el día anterior, cuando total no había sucedido nada de lo que tuviera que avergonzarse.
El lunes por la mañana, se levantó contento y feliz. Mientras se acercaba al trabajo pensaba en lo bien que lo habían pasado el fin de semana. Empezó a reírse cuando pensó en como había terminado la noche del sábado. Se pusieron bastante contentos en la cena y de vuelta al hotel Estefanía le tenía preparada una buena sorpresa lo que le hizo recordar lo mucho que quería a su mujer. Llegó a la oficina, descargó el maletín y encendió el ordenador, se puso a leer los correos, empezó abriendo el primero y cuando llegó al quinto le dio un vuelco el corazón ponía lo siguiente;
Hola, Antonio:
La siguiente persona te ha mandado una solicitud de amistad en Facebook.
Lucia

No me hagas esto… por favor. ─Pensó Antonio mientras se llevaba las manos a la cabeza.