
Lucia se presentó en la oficina de Antonio, había engordado un poco, ya no era la chica flacucha y deteriorada a causa de la droga. Vestía una gabardina abotonada por encima de la rodilla color beige claro, el cinturón lo llevaba bien ceñido a la cintura marcando la silueta, un minúsculo pañuelo moteado cubría su cuello, llevaba unas medias negras y unos zapatos de salón que aumentaban su altura considerablemente. Entró a la oficina suavemente con andares felinos, mientras miraba fijamente a su exvecino con una sonrisa radiante y provocadora.
─Hola Antonio. ─Se sentó frente a él
─Lucía… ¿Pero tú…aquí?
Antonio quedó confundido al verla. Recapituló en unos segundos todas las jugarretas que le había hecho, hacía de ello unos cinco años. Le vino a la mente cuando le pincho las ruedas del coche, como le gritaba mal follado, la carta amenazadora que le echo por debajo de su puerta… Brotaron todos los recuerdos ya casi olvidados. Recordó el atosigamiento y las perrerías continuas que había sufrido cada vez que su vecina Lucia le pedía dinero para droga y él no se lo daba. Había logrado desequilibrarlo hasta tal punto que tuvieron que marchar él y su pareja Estefanía del piso donde vivían para librarse de ella.
─Sí, yo aquí… ¿Pensabas que te librarías de mi? Antonio ─dijo manteniendo la sonrisa sugerente─ Ya no soy la misma, estoy recuperada, te recuerdo mucho y vine a pedirte disculpas por el acoso que sufriste por mi parte en su día. ─Entretanto iba desanudando el cinturón de la gabardina.
─Bueno…está bien, gracias. No hacía falta que te hubieras molestado, ya está todo olvidado, me alegra que estés recuperada. ─Susurró casi sin voz Antonio.
─No es molestia, al contrario, no puedes imaginar lo que me apetecía verte. Estás igual de atractivo que siempre. ¿Sabes? Siempre me gustaste.
─Gracias… ─Contestó, bajando la mirada.
─Antonio ¿cómo me encuentras?
─Bien, te encuentro bien.
─¿Sólo bien?
─Perdóname, estoy algo desconcertado y aturdido, me sorprende tu aparición.
─No tienes nada que temer, esta vez no. Vengo en son de paz.
─Antonio hace mucho calor en esta oficina, ¿verdad?
─Sí, un poco, pondré el aire acondicionado.
─No, no hace falta. ─Lucia empezó a desabrocharse la gabardina poco a poco, mientras Antonio la oteaba…la encontraba muy guapa, sus ojos azules que antes desprendían rabia, ahora le parecían dulces con una chispa de picardía. Se estaba poniendo nervioso y todavía se ponía más pensando que Lucia se lo notaría. Jamás se había sentido así ante su presencia, quería pedirle que se fuera, que se marchara, pero no entendía lo que le pasaba, estaba paralizado, sentía una especie de hipnotización que no le dejaba reaccionar como quería.
─Tengo que trabajar, discúlpame. ─Dijo por fin.
De repente Lucia se cruzó la gabardina y se levantó de la silla, dio dos pasos hacia la puerta, hizo el gesto de marcharse, pero de pronto se volvió hacía él, se le quedo mirando y se despojó de la gabardina poco a poco, quedando semidesnuda. Llevaba un pequeño picardías negro, sus pechos tersos y los pezones se dejaban entrever por las transparencias, incluso se le podía apreciar un lunar que tenía en su pequeña cintura, era tan cortita la prenda que apenas cubría las braguitas a juego, sus piernas bien torneadas, y las medias de liga completaban el conjunto. Antonio la contemplaba absorto sin mediar palabra. Empezaba a sudar, tenía terror de sus propios pensamientos. Él un hombre fiel veía peligrar su integridad. Quería decir algo, pero era incapaz de vocalizar una sola palabra.
─Antonio ¿qué piensas?
─No sé…
─¿Cómo que no sabes?
─No…
─Claro que sabes.
─Antonio ven…acercate..
Antonio no era capaz de moverse de la silla, se había cogido con fuerza al borde de la mesa, lo que demostraba su desasosiego, mientras ella lo observaba atentamente, recordando que incluso cuando lo acorralaba pidiéndole dinero para droga jamás él le había dicho una palabra fuera tono, le encantaba su timidez, su educación que contrastaba con la suya, provocadora, mal educada y caprichosa.
─¿Me tienes miedo Antonio? Está bien… ─Lucia se acercó rodeando la mesa que los separaba y se puso detrás de él, sus manos pequeñas le rodearon el cuello y empezó a acariciárselo con suavidad.
─Lucia por favor...
─Antonio… ¿No me rechazarás una vez más, verdad? Esta vez no te voy a pedir nada a cambio, no soy la misma de antes, ya te dije que estoy curada.
No podía verla al encontrarse detrás de él, pero percibía su aroma, una mezcla de ámbar con toques de madera y flor de naranjo, desprendía intriga y sensualidad por todos los poros de su piel y las caricias que le estaba propinando en el cuello le pusieron la piel de gallina, notaba como su corazón se aceleraba por momentos.
─Antonio volveré, ahora tengo que irme, es tarde.
Lucia cogió la gabardina, mientras lo observaba, se la puso lentamente regocijándose ante la mirada atenta de Antonio, le tendió las manos con la intención de que se levantará de la silla, él levitando accedió a su capricho, dueña de la situación se aproximó hasta que sus dos cuerpos pasaron a ser uno, más femenina que nunca le prendió la barbilla con una mano y le dio un suave beso en la boca.
─Pronto te haré otra visita.
─Por favor no vuelvas.
─Jajaja. Bueno ya veremos.
─Hola Antonio. ─Se sentó frente a él
─Lucía… ¿Pero tú…aquí?
Antonio quedó confundido al verla. Recapituló en unos segundos todas las jugarretas que le había hecho, hacía de ello unos cinco años. Le vino a la mente cuando le pincho las ruedas del coche, como le gritaba mal follado, la carta amenazadora que le echo por debajo de su puerta… Brotaron todos los recuerdos ya casi olvidados. Recordó el atosigamiento y las perrerías continuas que había sufrido cada vez que su vecina Lucia le pedía dinero para droga y él no se lo daba. Había logrado desequilibrarlo hasta tal punto que tuvieron que marchar él y su pareja Estefanía del piso donde vivían para librarse de ella.
─Sí, yo aquí… ¿Pensabas que te librarías de mi? Antonio ─dijo manteniendo la sonrisa sugerente─ Ya no soy la misma, estoy recuperada, te recuerdo mucho y vine a pedirte disculpas por el acoso que sufriste por mi parte en su día. ─Entretanto iba desanudando el cinturón de la gabardina.
─Bueno…está bien, gracias. No hacía falta que te hubieras molestado, ya está todo olvidado, me alegra que estés recuperada. ─Susurró casi sin voz Antonio.
─No es molestia, al contrario, no puedes imaginar lo que me apetecía verte. Estás igual de atractivo que siempre. ¿Sabes? Siempre me gustaste.
─Gracias… ─Contestó, bajando la mirada.
─Antonio ¿cómo me encuentras?
─Bien, te encuentro bien.
─¿Sólo bien?
─Perdóname, estoy algo desconcertado y aturdido, me sorprende tu aparición.
─No tienes nada que temer, esta vez no. Vengo en son de paz.
─Antonio hace mucho calor en esta oficina, ¿verdad?
─Sí, un poco, pondré el aire acondicionado.
─No, no hace falta. ─Lucia empezó a desabrocharse la gabardina poco a poco, mientras Antonio la oteaba…la encontraba muy guapa, sus ojos azules que antes desprendían rabia, ahora le parecían dulces con una chispa de picardía. Se estaba poniendo nervioso y todavía se ponía más pensando que Lucia se lo notaría. Jamás se había sentido así ante su presencia, quería pedirle que se fuera, que se marchara, pero no entendía lo que le pasaba, estaba paralizado, sentía una especie de hipnotización que no le dejaba reaccionar como quería.
─Tengo que trabajar, discúlpame. ─Dijo por fin.
De repente Lucia se cruzó la gabardina y se levantó de la silla, dio dos pasos hacia la puerta, hizo el gesto de marcharse, pero de pronto se volvió hacía él, se le quedo mirando y se despojó de la gabardina poco a poco, quedando semidesnuda. Llevaba un pequeño picardías negro, sus pechos tersos y los pezones se dejaban entrever por las transparencias, incluso se le podía apreciar un lunar que tenía en su pequeña cintura, era tan cortita la prenda que apenas cubría las braguitas a juego, sus piernas bien torneadas, y las medias de liga completaban el conjunto. Antonio la contemplaba absorto sin mediar palabra. Empezaba a sudar, tenía terror de sus propios pensamientos. Él un hombre fiel veía peligrar su integridad. Quería decir algo, pero era incapaz de vocalizar una sola palabra.
─Antonio ¿qué piensas?
─No sé…
─¿Cómo que no sabes?
─No…
─Claro que sabes.
─Antonio ven…acercate..
Antonio no era capaz de moverse de la silla, se había cogido con fuerza al borde de la mesa, lo que demostraba su desasosiego, mientras ella lo observaba atentamente, recordando que incluso cuando lo acorralaba pidiéndole dinero para droga jamás él le había dicho una palabra fuera tono, le encantaba su timidez, su educación que contrastaba con la suya, provocadora, mal educada y caprichosa.
─¿Me tienes miedo Antonio? Está bien… ─Lucia se acercó rodeando la mesa que los separaba y se puso detrás de él, sus manos pequeñas le rodearon el cuello y empezó a acariciárselo con suavidad.
─Lucia por favor...
─Antonio… ¿No me rechazarás una vez más, verdad? Esta vez no te voy a pedir nada a cambio, no soy la misma de antes, ya te dije que estoy curada.
No podía verla al encontrarse detrás de él, pero percibía su aroma, una mezcla de ámbar con toques de madera y flor de naranjo, desprendía intriga y sensualidad por todos los poros de su piel y las caricias que le estaba propinando en el cuello le pusieron la piel de gallina, notaba como su corazón se aceleraba por momentos.
─Antonio volveré, ahora tengo que irme, es tarde.
Lucia cogió la gabardina, mientras lo observaba, se la puso lentamente regocijándose ante la mirada atenta de Antonio, le tendió las manos con la intención de que se levantará de la silla, él levitando accedió a su capricho, dueña de la situación se aproximó hasta que sus dos cuerpos pasaron a ser uno, más femenina que nunca le prendió la barbilla con una mano y le dio un suave beso en la boca.
─Pronto te haré otra visita.
─Por favor no vuelvas.
─Jajaja. Bueno ya veremos.