
Hoy me apetecía escribir, pero que difícil es hacerlo cuando te viene una idea a la mente y eres incapaz de poner tres palabras seguidas.
Quería escribir un cuento que hablara sobre una piedra preciosa, cuando digo preciosa me refiero a una piedra de valor, y cuando digo valor no me refiero a la cantidad de dinero que se pueda pagar por ella, sino al valor que tenga para ti.
De momento voy a dejarlo aquí porqué es la una y cuarto de la madrugada y mañana tengo que madrugar. Quizá está noche sueñe algo y pueda plasmarlo sobre el papel.
LA PIEDRA
Había una vez una muchachita llamada Luna era bonita y bastante menuda para su edad, tenía el cabello castaño claro y los ojos color miel, su cara estaba cubierta por pequeñas pecas dispersas, sobre todo en los mofletes, ver su linda carita era como alzar la mirada y ver el cielo salpicado por las estrellas. Su afición favorita era pasear por la orilla de la playa en la costa mediterránea. Seguramente debido a su timidez siempre se encontraba sola, era una cría bastante indecisa y sobre todo no creía en ella misma, lo cual no quiere decir que no fuese feliz, incluso estaba más mimada de lo normal debido a su cobardía.
Un día al atardecer paseaba por la orilla de la playa a la par que chapoteaba y daba saltitos en la orilla. Ya cansada se sentó y empezó a hacer con el dedo índice dibujitos sobre la arena mojada, dibujo un barco y esperó a que viniese una ola y lo borrará, luego un patito con el pico muy largo y acto seguido dibujo un círculo e hizo dos pequeños hoyuelos dentro de éste, uno a la derecha y otro a la izquierda, y una raya en medio de lo que parecían dos ojos, poco a poco iba tomando la forma de una cara, estaba ensimismada pensando si la boca se la hacía sonriendo o triste, cuando de pronto esa cara fue tomando relieve , cada segundo que pasaba se hacia más grande hasta tomar el aspecto y las dimensiones de un humano. Luna alucinaba, no era capaz de reaccionar pero no sentía miedo.
El hombre de arena empezó a hablarle. La niña lo observaba cabizbaja mientras lo escuchaba, intentaba verle la cara pero se la veía como borrosa y su voz le era totalmente desconocida.
El hombre empezó diciéndole que le iba a regalar una piedra que había encontrado en las tierras de Giza, justo al lado de la gran pirámide. Le hizo saber que era como un talismán y que tenía forma de medio coco. Le explicó que tenía que ser una piedra secreta y que nadie más en el mundo lo debía de saber, más que nada porque era una buena forma de saber mantener secretos. Entonces le explicó que mientras ella pensara que la piedra tenía poderes mágicos, ésta los tendría, le podría conceder cualquier cosa que ella creyera importante en su vida, también le dijo que cuando tuviera dudas que cerrara los ojos y le formulara la pregunta a la piedra y una voz interior le resolvería las incertidumbres.
Mientras el hombre de arena con cara borrosa y voz desconocida se esfumaba por arte de magia al igual que había aparecido Luna empezaba a sonreír. Pensaba que era muy afortunada porqué entre todas las niñas del mundo era la única en poseer tal tesoro, lo que no terminaba de explicarse es porqué había sido ella la elegida…
A partir de ese día fue teniendo confianza en ella misma, tan solo el saber que poseía la piedra mágica la hacía sentir segura. Al principio cualquier decisión que debía tomar se lo preguntaba a la piedra y una voz interior le contestaba, pero a medida que fue creciendo comprendió que la voz interior era ella y ella era la que se daba la respuesta. También aprendió que la fe mueve montañas y cuando alguien se propone algo en la vida es capaz de conseguirlo si pone el suficiente empeño.
Jamás, por muchos años que pasen podrá olvidar al hombre de arena que le hizo tan valioso regalo, siempre lo tendrá presente en esa parte del cerebro que llamamos “rinconcito”.