martes, 6 de abril de 2010

SIN COMERLO NI BEBERLO

El edificio tenía treinta y cinco años, no poseía ascensor, en total eran ocho viviendas, dos por planta. Una estaba deshabitada y en venta, (tercer piso, puerta seis). Las personas que residían en el bloque, eran bastante mayores, la mayoría gente jubilada, con sus defectos y sus virtudes, pero todos transparentes y educados. Fermín y Adela, eran los dueños de uno de los pisos, (cuarto piso, puerta ocho).El matrimonio planificó marchar a otra vivienda que poseían. La casa estaba ubicada en el centro del pueblo, era acogedora y lo realmente importante, no tenía ni un solo peldaño. No les resultó fácil tomar esta determinación, eran queridos por todo el vecindario, se ayudaban unos a otros en caso necesario. Pero había algunas razones para tomar ésta decisión. Una de ellas que Adela tendría más calidad de vida, sufría de artrosis y apenas salía debido a la altura, la segunda razón, querían cederle el ático a su hijo Antonio y su novia Estefanía, tenían 29 años ambos y estaban deseando vivir juntos. Así que un buen día los padres marcharon a su nuevo hogar. La pareja de jóvenes decoró a su gusto el pisito y en cuanto lo tuvieron apunto pasaron a hacer vida en común. De eso hacía poco más de un año.

Estefanía, se encontraba en su segundo día de vacaciones, leía tranquilamente. Cuando de pronto oyó gritar. Era verano, las ventanas estaban abiertas, no hacía falta agudizar el oído para escuchar con claridad.

─¡Yo no he robado nada!
─Dime que has hecho con la pulsera de oro de tu madre.
─¡No he hecho nada! ¡Maldito hijo de puta! Siempre echándome las culpas.
─Lucia…
─¡Ni Lucia, ni mierda!
─Nos estás quitando la vida
─¿Ya vas de víctima? Jajajajaj ¡Anda y que te jodan!

Se hizo un silencio absoluto y acto seguido se escuchó un portazo. Lucía se había marchado.

Estefanía dedujo, que se trataba de los nuevos vecinos. Se habían mudado hacía dos semanas, un matrimonio bastante mayor y su hija. La joven de 24 años era sumamente delgada, de tez blanca como la leche, ojos azules y pelo tintado negro azabache. Los padres eran de edad avanzada, la madre aún estaba de buen ver, pero el padre tenía problemas de pulmón, como parte del tratamiento le suministraban oxigenoterapia domiciliaria. La comunidad se extraño que hubieran adquirido un tercer piso en esas condiciones. El hombre cada vez que tenía que salir de casa, era un martirio, de escalón en escalón, tenía que hacer un pequeño descanso.

Al regresar su pareja a casa después de un día bastante agotador en la oficina. Estefanía le contó la discusión entre Lucia y su padre. Antonio le dijo que justo por la mañana, cuando bajaba las escaleras se había tropezado con la nueva vecina y que ésta le había pedido por favor si podía prestarle diez euros, que se los pedía porque necesitaba comprar un medicamento.

─¿Le facilitaste el dinero, cariño?
─Sí… aunque no se si he hecho bien. La señora Paquita estaba limpiando el patio y al escuchar que me pedía dinero, me advirtió que Lucía andaba pidiendo a todo el vecindario.

A partir de ese día empezó el calvario para Antonio.

Cada vez que se cruzaban lo acechaba y alegaba una excusa diferente para conseguir que le diera unas monedas. Si accedía bien….Si no, lo insultaba, incluso lo amenazaba. Así fueron pasando los meses, cada día se sentía más acosado. Apenas podía conciliar el sueño, no se concentraba en el trabajo. Acudió al médico de familia y éste le recetó unas pastillas para la ansiedad, el doctor le dijo que se sentiría más tranquilo, pero que tuviera en cuenta que no atajaba el problema de raiz.

─¿Has pensado en denunciarla?
─Mil veces lo he meditado, pero….
─¿Pero?
─No es fácil, estando en el mismo edificio, estoy seguro que tomaría represalias. Ella tiene poco que perder. Por otra parte esta Estefanía, solo pensar que pudiera hacerle algo. No sé como terminar con esta locura…
─Quizá tengas razón, es difícil aconsejar en estos casos.

Las píldoras, surgieron efecto, se sentía mas sosegado, pero como bien le había comentado el doctor el problema persistía.

Un día Antonio se dirigía hacia su coche, cuando de pronto lo abordó, éste harto de la situación le dijo:

─No me pidas nada, te pido que dejes de agobiarme. Comprendo que tienes un problema, pero yo no soy la solución.
─¿Qué yo tengo un problema? ¡Tú si que vas a tener un problema! ─dijo alterada.

Antonio no le contestó, había llegado ya al coche y se subió. Lucía totalmente irritada sujeto la puerta para que no la cerrara y siguió vociferando.

─¡Tú, lo que estás es mal follado! Está bien…no me des nada ¿Qué tal si echamos un polvo? Solo te costará veinte pavos ─expresó más tranquila.

Antonio siguió sin articular palabra, puso el vehiculo en marcha, le quito la mano de la puerta y salió disparado, al tiempo que pensaba que esta situación no podía continuar así. Al día siguiente, se encontró con las cuatro ruedas pinchadas. Tuvo que llamar a un taxi, para poder ir a trabajar. A su regreso, decidió hablar con los progenitores de Lucía. Picó al timbre y le relató a su padre el atosigamiento al que se sentía sometido. A lo que el señor le contesto: ─Mira hijo, te recomiendo que si puedes salir de aquí e irte a vivir a otro lugar lo hagas cuanto antes, mi hija es drogadicta, fijate… me serviría de consuelo, pensar que su agresividad es solo a causa de su dependencia, pero por desgracia, siempre fue malvada, nunca le importó dañar a la gente, incluidos nosotros, con tal de lograr sus objetivos. Imaginate ahora que vive por y para la droga. Tú eres hombre, ella una mujer enferma, tal vez y debido a la persecución que sufres pierdas un día los papeles, ese día, recuérdalo, quien te la cargarás serás tú.
Se fue de allí cabizbajo, recapacitando sobre todo lo que le había dicho el padre de Lucía, y en el fondo, entendía que tenía razón, era la mejor forma de liberarse.

Al día siguiente Estefanía encontró un papel, se lo habían echado por debajo la puerta ponía lo siguiente; ─Dile al barbudo de los cojones, que sea la última vez que molesta a mi padre con sus tonterías.

Antonio les contó a sus padres, todo lo que estaba sucediendo y éstos les dieron permiso para que vendieran el piso y se buscaran otra propiedad. Así lo hicieron. Instalados en su nuevo hogar, respiraron por fin tranquilos, las pastillas las dejó poco a poco, la pesadilla había terminado; todo volvió a la normalidad.

Lucía, cada día que pasaba, estaba más deteriorada, tanto psicológicamente como físicamente. Terminó ejerciendo de prostituta en una rotonda. Fue amante de un individuo que le triplicaba la edad. Más tarde se echo un novio, también drogadicto, con el cual fornicaba en el patio, debajo del hueco de la escalera, sin pudor a ser vista. Se dedicaba a meter jeringas en los buzones, con el consiguiente peligro que eso conllevaba. Los vecinos hablaban a sus espaldas, sabían que era muy conflictiva y preferían evitarla, no deseaban enfrentamientos ─hubiera sido una lucha contra corriente─. También estuvo en la cárcel por robo, fue un periodo de calma para los propietarios que quedaron en la finca, ya que los que pudieron huir lo hicieron.

Los propietarios añoraban a menudo la paz y armonía que siempre había reinado entre los vecinos, recordaban cuando salían al rellano sin temor, ahora sin embargo, se lamentaban del infierno en el que vivían. Sin comerlo ni beberlo…